En esas ocasiones, persiguiendo ardientemente una sensación más intensa, se acercaba a alguna de las céntricas y angostas calles de la envejecida ciudad.
Los desvencijados edificios que flanqueaban la calle, la propia arquitectura recuerdo de lo que fue, entretenían admirablemente a Nadia.
El vapor de sodio de las pocas farolas que aún alumbraban,teñía de naranja todo lo que iluminaban. Entre punteados, arpegios y acordes, Nadia se deslizaba entre gente que como ella, en aquel lugar, soñaba que caminaba por una llanura imprecisa, con aire fresco y jugoso y un transparente, sereno, cielo nítido que se abría más y más y, le hacía experimentar el sosiego y la placidez que el fuego devastador de la realidad consumía.
Los desvencijados edificios que flanqueaban la calle, la propia arquitectura recuerdo de lo que fue, entretenían admirablemente a Nadia.
El vapor de sodio de las pocas farolas que aún alumbraban,teñía de naranja todo lo que iluminaban. Entre punteados, arpegios y acordes, Nadia se deslizaba entre gente que como ella, en aquel lugar, soñaba que caminaba por una llanura imprecisa, con aire fresco y jugoso y un transparente, sereno, cielo nítido que se abría más y más y, le hacía experimentar el sosiego y la placidez que el fuego devastador de la realidad consumía.
Relato: Montse García.
Música: Eduardo Madrid
Muy inspirador 🙏🙏
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